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¿Por qué Colombia necesita urgentemente aprender historia?

Fuente: Semana

La ley recientemente aprobada no revive la cátedra independiente de historia en los colegios, pero es una oportunidad para replantear la forma de enseñar el pasado del país.

En Colombia, como en ningún otro país, se aplica al pie de la letra la frase atribuida, entre otros, a Napoleón, “quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Muchos pensaron que todo podría cambiar con la ley que el presidente Juan Manuel Santos sancionó en los últimos días de diciembre, que restablece la enseñanza obligatoria de la historia en los colegios. Pero persistió el debate sobre el alcance de la norma en cuanto a reformar un tema determinante para la educación nacional y el futuro del país.

Aunque en realidad la materia nunca desapareció completamente de las aulas, es difícil encontrar un debate académico más agitado como el que se ha dado durante los últimos 30 años, en el que se ha discutido su calidad y su intensidad horaria en los currículos de los colegios. El tema se remonta a los años ochenta, una de las épocas más oscuras del país por culpa del horror del narcotráfico y el recrudecimiento del conflicto armado. En esa época era usual que muchos académicos criticaran la forma en la que se enseñaba historia, en una coyuntura que exigía análisis y perspectiva para comprender esa realidad compleja.

Había muchos cuestionamientos: que era una clase centrada en memorizar fechas, datos, batallas y nombres de próceres de la independencia o presidentes; que los métodos de enseñanza poco habían cambiado en siete décadas; y que las lecciones carecían de profundidad y no incluían aspectos económicos o sociales.

Por eso –pensaban quienes controvertían el modelo–, los estudiantes se graduaban con una visión limitada de la sociedad y de su pasado. La solución, según muchos de ellos, era crear una cátedra más interdisciplinar, que no solo incluyera la historia llana, sino también otros aspectos como la diversidad étnica del país, la identidad nacional, la convivencia y el respeto por los derechos humanos.

En 1984, a raíz de esas discusiones, el gobierno de Belisario Betancur decidió cambiar la cátedra de historia por una de ciencias sociales, que abarcaba además geografía y democracia. Aunque las materias se dictaban de forma independiente, entre todas tenían una intensidad de ocho horas semanales (de las cuales tres o cuatro eran para historia). La reforma se consolidó, en 1994, con César Gaviria, cuando se definió que las tres materias se integraran en una sola, llamada Sociales, que también incluía nociones de Constitución Política. Debido a que se trataba de una sola área, la intensidad horaria se redujo a la mitad.

Lo que parecía una buena idea se convirtió en una de las decisiones más controvertidas de los últimos años. Aunque su enseñanza permaneció, la interdisciplinariedad, al final, generó un efecto contrario al esperado: hoy muchos colombianos no tienen ni idea de la historia (de Colombia, de América Latina o del mundo) y carecen de un conocimiento crítico del pasado, algo muy grave para un país inmerso en conflictos armados y problemas sociales.

Como dice el historiador Jorge Orlando Melo, “los ciudadanos, en una sociedad democrática, toman decisiones, votan, dan su opinión sobre muchos acontecimientos y el conocimiento de la historia es una de las guías principales para que no estén aprisionadas por el pasado, por prejuicios y creencias equivocadas. Y también permite que las personas conozcan mejor su género, su región, su localidad, su grupo cultural o su grupo social o profesional y lo comparen con la vida actual”.

Por supuesto, hay que advertir que como los colegios (públicos y privados) tienen autonomía para definir su pénsum académico, en algunos de ellos la historia siguió siendo fundamental dentro de las ciencias sociales. Pero en la gran mayoría se desdibujó y perdió espacio a expensas de materias como ética, religión o educación sexual.

El tema llegó a tal punto que muchos docentes universitarios se quejan de que sus estudiantes entran a las carreras sin nociones básicas de historia de Colombia y no todos entienden las referencias a épocas cruciales, como el Frente Nacional o la Regeneración. Viviane Morales, la senadora liberal que impulsó la ley sancionada, cuenta que alguna vez, cuando dictaba clases de Derecho Constitucional en una universidad, hizo una referencia a la Patria Boba (1810- 1815) y varios estudiantes no sabían de qué hablaba.

¿Qué tanto perdió Colombia en estas tres décadas en las que la historia no tuvo el énfasis que merecía? Varios académicos contestan que por lo menos dos generaciones de jóvenes colombianos carecen de identidad y de sentido de pertenencia por el país. Otros afirman que el relato del pasado se diluyó en lugares comunes y tergiversaciones. “Haber abandonado la educación histórica en el proceso de formación de los colombianos nos ha desprovisto de conciencia histórica –dice Darío Campos, profesor de la Universidad Nacional–. Es como si viviéramos en un eterno presente, como si esto hubiera surgido de la nada”.

¿Más de lo mismo?

A pesar de la nueva ley, no hay que echar las campanas al vuelo. La medida parece quedarse en más de lo mismo al decir que “restablece la enseñanza obligatoria de la Historia de Colombia como una disciplina integrada en los lineamientos curriculares de las ciencias sociales”. Es decir, como aclaró el Ministerio de Educación, historia no sería una cátedra independiente –como muchos reclamaban y estaba planteado en el proyecto original– y no tendrá más horas de las que ya cuenta.

El cambio consiste en que a partir de ahora la historia es una disciplina obligatoria –aunque sin aclarar esto qué implica– y hay un plan para fortalecerla y llenar ciertos vacíos: se definirá qué enseñar, cómo enseñarlo y se crearán unos lineamientos que orienten a los docentes. La idea es que el aprendizaje esté acorde con las necesidades del país, contribuya a formar una identidad nacional que tenga en cuenta la diversidad cultural y promueva la formación de una memoria histórica.

Y para que eso marche, la ley crea una comisión asesora, conformada por representantes de las academias de historia, los docentes y las facultades de historia y de licenciatura en ciencias sociales, que tendrá dos años para definir, junto con el Ministerio de Educación, los nuevos parámetros y documentos que guiarán a los docentes.

Aun así, muchos creen que esta ley no contiene reformas de fondo y por lo tanto resulta cosmética. Como lo dice Melo, “la ley nueva ordena lo mismo que la reforma de 1984 y la ley de 1994 y no creo que lleve a algo mejor: más bien, como fue impulsada por los que ven con desconfianza una historia con contenidos sociales, puede volverse una enseñanza tímida y llena de ideología, de patriotismo y de frases vacías”.

A él se le suman, por ejemplo, Javier Guerrero, director del Doctorado en Historia en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, quien dice que la ley es inocua; y Pablo Rodríguez, profesor de historia en la Universidad Nacional, quien considera que “no le da la importancia y autonomía debida al conocimiento histórico. Simplemente, deja las cosas igual a como estaban, todo por razones presupuestales”. Entre tanto, otros, como Darío Campos, la considera un paso positivo y una oportunidad: “Le da a la historia una relevancia que no tenía”. La senadora Morales piensa que la ley es clara, pues “dice que la disciplina de historia debe ser obligatoria y que va a tener su propia identidad, su propio currículo. Eso no se puede minimizar, ni limitar”.

Por su parte, Darío Acevedo, doctor en Historia y profesor emérito de la Universidad Nacional, cree que “solo resuelve parcialmente el problema y lo deseable es que más adelante, a partir de la experiencia nueva que se acumule, se pueda expedir una nueva reforma”.

Cómo contar la materia

¿Cómo hacerlo? En un principio, todos están de acuerdo con que no se puede volver al método antiguo que consistía solo en aprender de memoria datos como fechas, batallas, marchas y presidentes. La nueva ley, además, es clara al respecto: debe ser una historia que desarrolle el pensamiento crítico.

“La historia está siempre entre el relato y la interpretación, entre el análisis y la narrativa, porque debe contar y explicar. Y tiene un régimen irrenunciable que es la relación con las fuentes históricas, no puede hacer ficción –explica Margarita Garrido, doctora en Historia de la Universidad de Oxford–. Hoy el énfasis no está (ni debe estar) en los héroes políticos y militares y sus hazañas, sino en una gran diversidad de actores y de campos de la vida”.

La discusión tiene muchas facetas, pues, como dice Pablo Rodríguez, no existe una única forma de enseñarla. “Principalmente, la historia es una disciplina analítica que intenta explicar de manera multicausal los fenómenos del pasado. Es revisionista, de manera permanente, ya que siempre está cambiando la interpretación de los hechos. Hasta la memoria, tan condenada, también es importante, aunque no es el fundamento del conocimiento histórico”.

Hoy, por la coyuntura que atraviesa el país, la historia tiene más importancia que nunca: debe abordar asuntos polémicos, que generan polarización, como el conflicto armado y, por ende, los sucesivos intentos de paz. Ahora las discusiones se centrarán sobre cómo tratar esos temas en los salones de clase y la clave estaría en presentar todos los puntos de vista y las narrativas sobre el conflicto para dejar que los estudiantes juzguen por sí mismos. Aunque como dice el historiador Fabio Zambrano, “el equilibrio es tan elusivo como la verdad en la historia, un imposible”.

Sin embargo, algunas personas piden no hacer un énfasis especial en el conflicto armado, en detrimento de otros procesos históricos. De hecho, lo ideal sería aprovechar para ver también temas sobre historia económica, cultural, social, ambiental e incluso la más local (de la ciudad, el municipio, el barrio o la comunidad), normalmente menospreciados.

No solo las temáticas deben cambiar, pues la formación de los profesores no puede quedarse atrás. Hoy, generalmente, quien dicta historia también enseña geografía, democracia y constitución política, lo que preocupa, pues esta materia exige un gran nivel de especialización. Los libros escolares, por su parte, no siempre están actualizados. Hoy, en el campo de la investigación histórica hay muchos avances que no necesariamente se reflejan en ellos. La tarea es ponerlos al día.

Además, como dice Melo, lo más práctico y urgente sería “cambiar las herramientas pedagógicas, con buenos textos y con páginas y aplicaciones en internet que permitan un trabajo más activo y completo de los estudiantes, publicando documentos, mapas, narraciones, etcétera, con ejercicios y comentarios”.

Pero más allá de los profesores y de los textos, no hay que olvidar que también cuentan la historia los medios impresos y por internet –con investigaciones, informes especiales o artículos– y los canales de televisión, sobre todo ahora que abundan las series y telenovelas sobre personajes del pasado. Aunque el Ministerio de Educación no las regula ni hacen parte de la enseñanza oficial de la historia patria, muchas veces influyen más que los colegios en la forma como los jóvenes colombianos interpretan los hechos.

A pesar de que aún se debate por los alcances reales de la ley, esta coyuntura ha puesto a pensar a muchos en la importancia de aprender historia y de formar ciudadanos conscientes de dónde vienen y para dónde van. Porque ya es hora de que Colombia deje de repetir su historia por desconocer su pasado. n

Y las humanidades, ¿qué?

Menospreciar esta área del conocimiento es común en algunos países del mundo.

El escritor y filósofo español Miguel de Unamuno propuso que “el interés supremo debe ser el de elevar el nivel de cultura general y despertar el gusto por las cosas que dignifican y afinan al espíritu”. En ese sentido, la historia se inscribe dentro de las humanidades como una de las disciplinas que estudian el comportamiento y el pensamiento humano. Junto a la filosofía, la geografía o la lingüística, conforman áreas del saber cuya utilidad dentro del ámbito educativo se ha cuestionado en los últimos años.

Pero este no es un problema local, como podría pensarse: en España, después de modificar la ley para la mejora de la calidad educativa (Lomce) en 2013, se eliminaron de las aulas de clase los cursos de filosofía y literatura. En 2015, el ministro de Educación de Japón escribió a las universidades de su país solicitando el cierre de las facultades de ciencias sociales y procurando la apertura de otras carreras que respondieran de forma más eficiente a las necesidades actuales. En Colombia, en ese mismo año, de los 189 programas de doctorado que se presentaron a la convocatoria de Colciencias para recibir un beneficio de becas, solo 40 fueron seleccionados y ninguno de ellos pertenecía al área de humanidades.

Ahora, con la necesidad de producir y el afán mercantil, se priorizan los estudios que generan mayores ganancias tangibles y se hacen a un lado las riquezas del pensamiento y la palabra. A propósito, la periodista Juliana González, recordando las palabras del escritor estadounidense David Foster Wallace, escribe que “la importancia de las humanidades radica en que estas nos enseñan a pensar, a ser menos arrogantes, a tener una conciencia crítica sobre nosotros mismos y nuestras certezas (…) Si rezamos o no depende de todo eso, igual que el equipo de fútbol, la comida favorita y las preferencias políticas”.

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