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El día que conocí a Uribe

La fecha no la recuerdo con precisión. Solo sé que fue en uno de los primeros meses del 2002 cuando arreciaba la campaña presidencial. El día anterior, viernes, recibí una llamada de mi jefe en Bogotá. “Raúl, mañana esté temprano en el aeropuerto. Allí lo va a recoger un helicóptero que lo va a llevar a un sitio. Cubra esa nota. Guarde discreción”, fue la tajante orden.

Al día siguiente estaba con mi camarógrafo en el aeropuerto Palmaseca de Palmira, ese que muchos llaman Alfonso Bonilla Aragón, de Cali. Nos acosó la inquietud hasta que nos dijeron que podíamos bajar a la pista, que ya el helicóptero había llegado.

La sorpresa fue enorme cuando al subir a la cabina, vi adentro a un hombre pequeño, con gafas y de acento paisa. “Buenos días, sigan, pónganse cómodos”, fue su amable recibimiento. Era Álvaro Uribe Vélez, quien por esos días hacía campaña a la presidencia de Colombia y su principal bandera electoral era la derrota de las FARC.

En el helicóptero solo viajaban los dos tripulantes, una periodista de otro canal de tv, el candidato, mi camarógrafo y yo. El político me explicó que nos dirigíamos a Caldono, una población caucana enclavada en la cordillera central. Allí, el día anterior, la guerrilla se había tomado el pueblo, logró hacer rendir a los policías que los enfrentaron y cuando se aprestaban a llevárselos montaña adentro, los habitantes de ese municipio salieron a las calles, se opusieron a las pretensiones de los insurgentes y evitaron la retención masiva de los policías.

Este, uno de los primeros actos de resistencia civil registrado en esas montañas, encajaba en el discurso electoral del candidato, quien sin dudarlo- y pese a que el peligro acechaba desde las montañas- no temió montarse en un helicóptero, volar sobre el lugar, aterrizar y fundirse en abrazos con los indígenas paeces y animarlos a repetir esa hazaña.

De ida y de venida, y en tierra, un temor nos invadía: a qué horas un francotirador, un tatuco o una granada atacan el helicóptero o al candidato. Seriamos daño colateral.

17 años después de este suceso, hoy las FARC no existen; y esta mañana el presidente Iván Duque estuvo en el mismo municipio al que en plena guerra, sin ser invitado, llegó su tutor. Para sorpresa de todos sus habitantes, sin el poderío bélico que tenían las FARC y con un impresionante dispositivo de las Fuerzas Militares y de la Guardia Indígena, el presidente adujo que por razones de seguridad no se reunía en la plaza principal con la Minga en donde lo esperaban cinco mil personas. Los nativos no aceptaron esa excusa y se sintieron burlados. Ante el desplante, no se sabe qué pasará mañana en la Vía Panamericana.

Definitivamente una cosa es estar en campaña y otra cosa es estar en el Poder.

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