¿Es la selección de fútbol un símbolo nacional?

El empate a 4 goles con la Unión Soviética de Lev Yashin, el mejor arquero del mundo, motivó una explosión de júbilo patriótico con ocasión de ese juego aquella tarde en Arica Chile durante el Mundial de Fútbol de 1962. Otro momento de éxtasis nacionalista ocurrió cuando un ciclista santandereano, Alfonso Flórez, ganó la primera competencia europea por etapas, el tour de L´Avenir, en 1982. En 1984 otro ciclista colombiano, Martín Ramírez, conquista otra prueba europea por etapas, la Dauphiné Liberé, derrotando a una de las máximas leyendas del ciclismo francés: Bernard Hinault. Ese mismo año otro ciclista de frágil apariencia, de profundo origen campesino, Luis Herrera, gana una etapa en la primera participación de un equipo colombiano en el Tour de Francia en 1984. Las pantallas de televisión en casi todo el país nos permitieron participar así fuera por momentos en los triunfos de aquellos compatriotas de la Colombia profunda y contagiarnos de orgullo patrio a los acordes del himno nacional. Tal hazaña deportiva fue reeditada al año siguiente en 1985 en el Tour de Francia, cuando ese mismo ciclista cruzó la meta con el rostro ensangrentado por una caída, percance que no le impidió ganar la etapa, ganar otra y subir al podio al final de la prueba como rey de la montaña y años después, ganar la Vuelta a España.
Otro hito deportivo que nos hizo henchir el pecho de colombianidad fue el empate con Alemania, a la postre campeón, en el mundial Italia 90, siendo el colombiano el único equipo capaz de empatar con los invictos alemanes o el inolvidable 5-0 sobre Argentina seguido del fiasco igualmente inolvidable del mundial de 1994 en Estados Unidos cuyo epílogo fue el trágico asesinato del futbolista Andrés Escobar.
Sin embargo, creo que en la historia deportiva de este país del Sagrado Corazón no ha habido mayores éxitos deportivos internacionales como los que ha logrado el ciclismo por lo que serían más bien sus aisladas victorias individuales lo más representativo de la “colombianidad”, no el fútbol.
Y continuando con la remembranza de aquellos éxitos deportivos, es necesario también tener en cuenta que ocurrieron mientras el país vivía la más terrible guerra sucia de terrorismo estatal contra organizaciones sindicales, periodistas, estudiantes y docentes universitarios, defensores de derechos humanos, partidos y movimientos progresistas o de izquierda, en tanto ascendía irresistiblemente el narco paramilitarismo, el narcoterrorismo, compitiendo en atrocidad con la narco subversión. Empero, aquellas pausas lúdicas en nada contribuían ni han contribuido a la unidad nacional. Para nuestras sanguinarias tradiciones democráticas (qué tal la incoherencia), el contradictor es un enemigo cuya eliminación mediática o física es un fin en sí mismo de tal manera que el ejercicio tanto de la contradicción como de la diferencia, tan necesarias para el avance de las civilizaciones en todas las épocas, en la historia política colombiana ha sido una especie de ominosa constante, una amenaza cuya existencia es imperativo contrarrestar no con el debate argumentado, racional y dialógico sino con el insulto, la calumnia o las amenazas de muerte a menudo disfrazadas de “soluciones finales” como el “destripamiento”. Para citar una consigna reciente.
Conclusión: las gestas deportivas no han contribuido a la unidad nacional. Ellas mismas son el resultado de esfuerzos individuales gracias al apoyo de particulares así como nuestros futbolistas, a menudo surgidos de la Colombia profunda, con sus talentos innatos, han encontrado en el entramado oscuro del fútbol profesional, de los agentes, representantes o espónsores, la oportunidad de obtener multimillonarios contratos cuando acceden al fútbol internacional y si son llamados a representar al país, para sus agentes son únicamente oportunidades de elevar aún más sus expectativas económicas.
Por lo tanto, si nuestra nacionalidad depende de episódicos triunfos deportivos individuales más que de nuestras identidades originarias y autóctonas en lo regional, cultural, ambiental, gastronómico y en su maravillosa biodiversidad, es porque nuestro sentido de pertenencia a este país adolece de una educación profunda, activa y comprometida de todos sus ciudadanos. Incluidos nuestros deportistas, por supuesto.
Por: Javier Ospina Cocuy

