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Entre “factos”, pupis y gomelos

Me gustaría (y lo voy a hacer) comenzar esta columna cantando en silencio aquellos versos escuchados en los 80 del argentino-colombiano Piero: “Ellos nacen ancianos / y van enniñeciendo / a través de los años / los americanos”. Pero en ese orden desordenado con el que fluyen a veces las ideas para amontonarlas con estilo en los párrafos que darán vida a esta columna, recordé la misma alegoría sobre el tiempo y la sabiduría narrada por F. Scott Fitzgerald en El extraño caso de Benjamin Button.

Los he evocado (al cantor y al narrador) porque en este país han existido personajes que nacen viejos en el sentido que da Piero adaptado a la estructura de los surgidos en este platanal colombiano. Los niños a los que aludo nacen ancianos en ideas y en actos en tanto escenifican la concepción en nivel cero de ser progresistas. No son empáticos pero sí expertos en matar literal y metafóricamente para cuidar su grupo, su clan. Crecen convencidos de que la equidad es una utopía. Los conozco, los he padecido. Los he visto en Majagual, en Sucre, en Guaranda, en Sincelejo, en Montería. En Bogotá, en Bucaramanga, en Floridablanca. Son los hijos de papi y mami educados (vaya imprecisión la mía) en colegios para adinerados y arribistas. Insensibles al dolor humano. “Factos”, como los llaman en Sucre y Córdoba. Ejerciendo la caridad para sostener sus robadas fortunas. Marca Constitución 1886. Convertidos en empresarios salvajes, en traquetos con corbata o aliados de todo lo que huela a orden o a militares que conduzcan “para” más allá la infamia de sostener el negocio de la guerra.

Bendicen a Álvaro Uribe y a Duque porque ellos son garantes de sus monopolios. Ya no se divide el mundo en derecha e izquierda (aunque es su caballito de batalla): se divide en seres empáticos y en aquellos que pisotean a muchísimos; en esta última vereda se alinean los niños ancianos. De ahí viene Duque. Recuerdo cómo el inoperante y dañado presidente que hoy tenemos narraba durante la campaña presidencial en el programa The Suso’s Show que él y su hija se asombraban por la manera como simpatizantes habían dañado el propio automóvil instalando un miniequipo con un afiche suyo: ¿Por qué hacen eso?, decía, y se reía pletórico. Se reía con esa sonrisa de niño blanco, creada para comunicarse disimulando el desprecio hacia todos aquellos seres semejantes al bobazo seguidor que había averiado el carro.

Recuerdo también a un estudiante tramposo y vago que en un colegio, llamado de prestigio, en la costa Caribe, donde fui profesora, hice que echaran: había falsificado mi firma y borrado, con liquid paper, todas las infracciones que le ocasionarían una expulsión. Me fui de esos lares y supe que le dieron nuevamente cupo para que se graduara porque él era un hijo de la casa colegial. Hoy es diputado.

De ahí, de esos niños bien, bien vestidos y blancos, de esos “factos”, de esos pupis, de esos gomelos sin sangre que nunca practicaron tenis, pero tienen una colección de raquetas cuyo valor alcanzaría para instalar un acueducto en un perdido corregimiento de Sucre, Santander, Cundinamarca, Arauca o el Cauca. De ahí viene Iván Duque: del culto al blanco y al patrón. Y también de ese colonialismo mental que concierne a escritores gomelos que hoy narran la angustia de ser colombiano. Y como dijo Alberto Salcedo Ramos: Todos estamos en peligro en este gobierno. Todos.

Deberíamos entonces desear que el simulacro de encanecerse para fingirse viejo (sabio-preparado) hubiera sido como el acaecido a Benjamin Button. ¡Imagínense a Duque posando a lo Brad Pitt!

Coletilla. Voy a marchar el 21 de noviembre y los días que se requieran. Y no tengo ni idea de qué carajo es el Foro de São Paulo.

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