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La ‘jugadita’

Para muchos, la “jugadita” del hoy ya expresidente del Congreso el día de la inauguración de la nueva legislatura pasará a la historia como anécdota. Una de esas instancias en las que, por puro error y falta de destreza, nuestra clase política tradicional se resbala y deja ver, sin tanto escolta ni corbata, sin tanto glamur y restaurante caro, lo pequeña y mezquina que realmente es. Macías, como el emperador, se quedó el sábado 20 de julio sin ropa, en vivo y en directo.

Llama la atención, sin embargo, la forma como el propio Macías describió su accionar. El uso del término ‘jugadita’, con diminutivo y todo, hace pensar que en su propia cabeza, para él, lo hecho el sábado constituye casi una pilatuna. Nada trascendental. Él mismo, en un tuit, insiste en lo inofensivo del acto: “Cometí un error, pero nunca he cometido delitos”.

Su estrategia es la de banalizar por completo lo que claramente es una violación de una norma de grandísima importancia, una norma diseñada para abrirle espacio al ejercicio de la oposición y contrabalancear el poder del Ejecutivo. Pero para él se trata de una transgresión casi infantil y sin ninguna consecuencia de peso.

Y lo peor es que nos mostró también que aquí, el poder se usa para halagar al que está más arriba y para patear al que está más abajo

Creo que la reacción airada e indignada que provocó el episodio responde a una aparente contradicción que nos genera como sociedad lo que hizo Macías. De un lado, y como dije al comienzo de esta columna, nos subraya la precariedad del respeto a las normas de nuestra clase política. Ahí no hay nada nuevo. Pero, de otro lado, creo que lo de Macías tocó un botón muy familiar, una fibra muy nuestra. Macías nos mostró una dimensión de lo que somos como sociedad que no nos gusta, y por eso reaccionamos ante ella con tanta vehemencia.

Esa tendencia a minimizar los efectos de violar una norma cuando somos nosotros mismos los perpetradores y otros los que sufren las consecuencias está profundamente arraigada en nuestra cultura. Cuando alguien decide no hacer una fila y colarse, la reacción ante el reclamo es ‘ay, pero deje el escándalo’, y esto no es otra cosa que un intento de minimización de lo que se ha hecho. Cuando alguien comete plagio y se defiende diciendo que ‘solo fue un parrafito’, se intenta banalizar la trampa.

En síntesis, cuando somos nosotros quienes violamos las normas tendemos a verlo todo más pequeño, más inofensivo, menos crucial. Nos preguntamos: ‘Pero ¿cuál es el daño?’, y siempre pedimos un poco de flexibilidad de los otros: ‘No hay que ser tan rígidos; al final, no es un crimen’, ‘Igual, tampoco es como si hubiera matado a alguien’.

Por eso, lo de Macías muestra cómo la clase política y el Congreso Nacional se volvieron una instancia que nos permite jugar fácilmente a la superioridad moral en las redes sociales pero, al mismo tiempo, también son un espejo indiscutible de lo que somos como sociedad. Esta vez nos dolió muchísimo vernos tan feos y repugnantes en ese espejo. El problema es que el reflejo no pudo haber sido más fidedigno, y lo tuvimos que ver en alta definición.

Y lo peor es que Macías nos mostró también que aquí, el poder se usa para halagar al que está más arriba y para patear al que está más abajo. A cualquier persona que haya trabajado en una oficina en este país le suena habitual esta práctica. Por eso, el senador ve como una gran concesión hacia quien está arriba (Duque) el evitarle el mal rato de escuchar los reclamos de la oposición y, al mismo tiempo, como un gran desplante a la oposición el arrebatarles a su interlocutor principal. Y el Presidente, en vez de sacudirse y pagarle la cortesía al Estado de derecho quedándose y escuchando, se deja agasajar por el miembro de su cortecita y se va. Todo, absolutamente todo el episodio, increíblemente familiar.

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