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Los intelectuales y el poder

Curaduría de opinión – Piedad Bonet / El Espectador

A muchos nos ha extrañado que William Ospina, un escritor que desde hace años reflexiona con pasión sobre el destino del país, sea ahora asesor y posible ministro de Rodolfo Hernández, un político que está en la orilla opuesta de lo que los rusos llamaron la intelligentsia. A William me unen el afecto y la amistad de muchos años, pero creo que se equivoca al asociarse con un personaje tan primario y violento. Y esta extraña alianza me puso a pensar en la relación entre el poder y los intelectuales, término este muy polémico, pero que se ha ido afianzando desde que apareció en Francia en el siglo XIX a raíz del caso Dreyfus.

Edward Said abre su famoso ensayo Representaciones del intelectual con estas palabras de Gramsci: “Todos los hombres son intelectuales, aunque no a todos les corresponde desempeñar en la sociedad la función de intelectuales”. ¿Qué es, entonces, un intelectual y cuál debe ser su tarea? Las interpretaciones son muchas. Desde la muy famosa de Benda, que cree que intelectuales son aquellos pocos que, movidos por valores eternos, marcan una senda ética desde un lugar no práctico, hasta la de Sartre, que les exige ser en situación y tener compromiso político con su presente. El intelectual está ahí para “plantear públicamente cuestiones embarazosas, contrastar ortodoxia y dogma”, e incomodar con verdades que nadie dice. No para contradecir por oficio, ni para convertirse en un predicador desde una superioridad moralizante, sino para estar siempre alerta, señalar lo manido o lo falso, ser capaz de gritar que el emperador está desnudo o, como los bufones de Shakespeare, ingeniárselas para burlarse del poderoso en sus mismas barbas.

Me identifico con Václav Havel —el escritor que fue el primer presidente de la República Checa después de combatir un régimen despótico— cuando dice que el intelectual “debe perturbar constantemente, dar testimonio de las miserias del mundo, provocar manteniéndose independiente, rebelarse contra las presiones ocultas y abiertas, ser el primer escéptico respecto de los sistemas, del poder y las seducciones, atestiguar sobre todas sus mendacidades”. Yo me pregunto si Havel logró tal independencia una vez en el poder, pues la política obliga a pactos y concesiones. A eso voy: ¿se puede ser un intelectual suficientemente aguerrido, contestatario, independiente, cuando se tiene un cargo en las instancias de poder? Dice Said que “en la historia moderna ninguna de las grandes revoluciones ha carecido de intelectuales”; pero yo diría que se desempeñan mejor cuando actúan como “compañeros de viaje”, como los llamaba Trotski, que cuando están al servicio de los poderosos.

Hace poco leí los despectivos comentarios que algunos lectores dogmáticos le hicieron a la columna en que Carlos Granés —uno de los ensayistas colombianos jóvenes más lúcidos a la hora de analizar la relación entre cultura y política— reivindicaba la noción de centro, y pensé en que el precio de la independencia del intelectual suele ser la soledad o la incomprensión. Algunos, además, lo descalificaban por “demasiado complejo” o muy “denso”. Imagino, entonces, que entre esos denostadores deben contarse los que celebran la simpleza argumentativa del candidato que triunfó a punta de TikTok.

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